
«Tienes la enfermedad de Ménière». Esas cinco palabras, de boca de un médico, me acompañarían por el resto de mis días, sin saber realmente lo que querían decir.
Todo empezó dos meses antes, precisamente en Nochebuena. Compartíamos en familia en la casa de mis tíos cuando, sin aviso, vi el mundo moverse bajo mis pies. Los muros se tornaron escurridizos y mis piernas, inestables. Me vi forzado a inclinarme y aferrarme al suelo por temor a estrellarme contra él. Fui llevado a una cama a descansar, en tanto mi tío -médico- y dos de mis primos -estudiantes de medicina- hacían de curanderos. Y lo peor estaba por venir. A mi cabeza revuelta le siguieron las tripas. Con urgencia, fui al baño a vomitar. Una Navidad memorable, sin duda.
Tenía dieciséis años en aquel entonces. Era época de vacaciones. Como acostumbrábamos con mi familia, fuimos al lago Rapel para la temporada estival. Tuve ocho semanas para olvidar la mala pasada navideña, pero esta no se olvidó de mí. Más de una vez volvieron los mareos y acabé con el rostro en la taza del retrete. En una ocasión, un amigo pasó el fin de semana con nosotros. Compartimos pieza y, mientras dormíamos, me levanté, alarmado, a repetir lo que ya se estaba transformando en un mal hábito. Derrotado, desde el baño grité por ayuda. ¿Qué más podía hacer? Era como estar en la cubierta de un barco en medio de la tempestad. Todo me daba vueltas, sin que nadie lo percibiera.
No obstante, el vértigo sería nada más el primer síntoma. A menudo, la gente me hablaba sin que pudiera responder. Unas veces no escuchaba y otras, no entendía.
Miraba con ojos fijos a los labios que buscaban comunicarse conmigo y, comandado por mi instinto, acababa por decir «Ya…» o «Sí…» para zanjar el asunto.
¿Qué tienen que ver la audición y los mareos? En un principio, creí que nada. Ni siquiera reparé en que no oía y los vómitos los atribuí a problemas estomacales. Sin
embargo, los días pasaron y se llevaron el verano. Volví a Santiago para un nuevo año escolar. Por supuesto, el vértigo no me dejó tranquilo. Al segundo día de clases, falté porque no podía tenerme en pie. Fui a ver a un gastroenterólogo. Cuando me avistó, apoyado en la pared para no tropezar, saltaron de inmediato sus alarmas. Me recostó y paseó su dedo índice frente a mis ojos. A medida que lo seguía con la mirada, mis globos oculares saltaban. Fue así como me derivó con un otorrino, convencido de que se trataba de un problema en el sistema vestibular.
Después de una serie de exámenes, el doctor pronunciaría las cinco palabras que cambiarían mi vida: “tienes la enfermedad de Ménière”, sin saber cómo ni por qué. Iniciaban, así, numerosas batallas con el vértigo y, a poco andar, con la pérdida de la audición.
Cuando le dijeron que sufría síndrome de Ménière ni Miguel ni su familia sabía que esa enfermedad podría llegar a redundar en su audición. El tiempo se encargó de vincular la falta de audición al vértigo.
Detectar a tiempo la pérdida auditiva puede mejorar tu comunicación y calidad de vida. Conoce 7 señales de alerta —como pedir que te repitan, subir el volumen o tener zumbidos— y cuándo conviene consultar a un otorrino para realizar una evaluación auditiva.